Indisolubles

Alfredo Santiago Willinois, más conocido como “Friago”, lleva meses intentando descomponerse. Le cuesta complacer a su joven y hermosa mujer Gertru, que se pasa el día inyectándose rGHB como las vacas de Monsanto para ver si así puede alimentar a la camada. Friago no tiene dinero para hacer uso de métodos anticonceptivos, pero todos sabemos que en este mundo no somos nadie sin pasión.

Y Friago quiere ser alguien. Para ello, deja que la multitud de hijos que la fértil Gertru le ha brindado se acerquen a él. Leyó en algunos libros que ese era el camino del éxito, aunque cree que en la actualidad algunos han malinterpretado esos consejos.

Bebe agua en vasos grandes, fabrica puros de madera y cuando siente que no puede disolverse más, se sienta en su sillón de piel de perrito de la pradera a esperar a que las musas le hagan el favor.

Gertru le mira con preocupación mientras recoge sus últimas dosis de rGHB por miedo a que se las robe algún broker financiero. Cuenta la leyenda que si piensas en ellos, aparecen y te roban la dignidad y a partir de ahí eres un troll más de Charlie Sheen.

Por eso Friago tiene un plan. Entiende que los tiempos han cambiado, que lo suyo ya no es tener muchos hijos que trabajen cuanto antes y te ayuden con la renta familiar. Hay que disolverse. Dividirse. Reducirse a la mínima parte de uno mismo para venderse en partes separadas. A mayor capacidad para crear unidades de producción de uno mismo, más posibilidades de sobrevivir en este nuevo contexto. Otros lo llaman diversificarse. Yo lo llamo morir.

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