Come what may

Hablando de orgasmos que son sábanas que se adhieren a la piel que ya no siente, miradas obtusas y sonrisas semiinconscientes me vino a la cabeza Peter Krunk.

Un hombre fantástico, con ojos que le brillaban y manos que manoseaban. Se trataría de un hombre corriente, típico, cotidiano, si no fuera porque se sabía la banda sonora de Tarzán (Disney) en todos los idiomas. Quizá a algunos no les parezca una ardua tarea, me gustaría saber a qué se dedican esos malhechores.

Cantaba Candy de Paolo Nutini al hacer el amor pero sólo con los ojos, el resto del cuerpo era un swing perfecto con toques Frank Sinatrescos. Todo un galán.

Me estuvo contando que todo era perfecto hasta que llegó el día en el que le dieron a elegir entre campo y playa. Una simple pregunta hizo que todos sus esquemas se volvieran del revés y que el pobre Peter Krunk tuviera que viajar hasta exprimir el intrínseco sentido de esa duda humana milenaria.

Peter Krunk recorrió veinte mil países y cuarenta millones de cuerpos de mujeres. Lo vio todo hasta que me vio a mi y yo le vi a él. Fue entonces cuando decidió que ni campo ni playa, que lo suyo era pasar la vida sentados en un Cadillac verde eléctrico escuchando a Wolfgang Amadeus Mozart.

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