Feliz día del padre

Como una canción del verano repetida hasta la saciedad vuelves a mi cabeza en banales situaciones. Unas veces la cocina, otras (eso sí, más lógicas) en la ducha, como un desorientado recuerdo que no termina de encontrar su lugar.

¿Recuerdas cuando nos conocimos? Era el momento ideal, al menos para mi.

Con perspectiva ahora entiendo que esos ojos no eran de pasión, si no más bien desesperación. Buscando un lugar en el que tus defectos no pusieran en duda tu derecho a seguir existiendo.

Decidiste sin mucho énfasis entregarme la licencia para interponerme en tu vida, pero no fuiste capaz de proporcionarme herramientas para desprenderme de ella.

Tal y como te prometí desde el primer día, ocuparía cada una de mis neuronas en buscar la fórmula para sacarte de ese universo paralelo del que no podías salir. Me pedías ayuda con amenazas, me jurabas que sería la última noche de locura mientras preparabas la siguiente fiesta. Querías ser distinta sin ser consciente de que habías nacido para morir poco a poco con cada una de tus funestas decisiones.

Quizás yo tampoco quise darme cuenta. Asentí. Dije que sí a todo lo que propusieras con la esperanza de que algún día verías más allá de un par de rayas en la taza del wc.

Tu última decisión la tengo aquí delante. Se llama Eva y tiene la misma sonrisa que su madre. Me alegra decirte que es justo como la querías: despierta, curiosa, habladora… Tiene los ojos verdes y unos rizos que cada mañana me obligan a contar hasta 100 para no perder la paciencia al peinarlos. Ella me mira desde el espejo, somnolienta, y me ayuda a contar. Le gusta leer, abrazar animales callejeros y preguntar la hora a gente que no lleva reloj. Dice que le gusta la cara que ponen mientras buscan el móvil. Sus víctimas preferidas son las mujeres muy arregladas con bolsos de piel. A veces no quiere comer, se entretiene mirando un rato las luces. Luego, cierra los ojos, afirmando que su vía láctea personal sigue ahí. Los profesores no paran de hacerme cumplidos, es magnifica.

Martina, quizá fue un error pensar que el instinto maternal te haría ver las cosas de otra forma. O puede que simplemente fuera tu destino, el no poder vivir por algo más que por tu propio disfrute.

Es tu cumpleaños y te echo de menos constantemente. No dejo de hablarle a Eva, nuestra hija, de ti. Será mejor así.

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