La entrevista

 –         ¿Por qué cree que deberíamos escogerla?

¿Qué por qué lo creo? Bien, voy a ir al grano. POR QUÉ NO. Quiero decir, ¿qué problema parezco tener? Y aún así, si de verdad pareciera que tengo problemas, ¿quién no los tiene? Pocos tienen una imagen impecable. Pongamos por ejemplo a Mariano Rajoy, Presidente del Gobierno de España. ¿Alguien se cree que ese hombre tenga algo en la cabeza? Y cobra 220.000 euros al año, o algo así. No sé. ¿Por decir memeces? Vale que tiene una responsabilidad a sus espaldas pero, joder, que ese dinero no lo podría ganar yo ni en toda mi vida. Matándome a trabajar, entiéndanme, no yéndome de conferencias y seminarios y reuniones europeas ni su puta madre. Quiero decir, la responsabilidad es alta, gánatelo un poco. ¿No creen? Al menos disimula.

Creo que deberían escogerme porque odio este mundo que estamos construyendo. Porque vivo en un cuadro de Grosz y veo en qué está derivando nuestra arrogancia. Me viene a la cabeza Los pilares de la sociedad, y me saltan las lágrimas, ¿saben? Vemos en él cómo Grosz retrata los puntos cardinales de nuestra  Alta Suciedad como dice Calamaro. Tenemos el periodista vendido que lleva un orinal en la cabeza y montones de periódicos encima, el cura con la nariz roja de codicia haciendo un gesto de predicar algo con los ojos cerrados, algo en lo que ni siquiera él cree. Porque yo no estoy en contra de los creyentes, me parece muy digno creer en lo que sea. Todos creemos en algo, algunos tienen sueños, otros metas, otros dioses. Al fin y al cabo todo es lo mismo, móntate una película que haga que te levantes todas las mañanas. Creo que el capitalismo lo llama éxito profesional. Y ahí está el político, con una hez en la cabeza mientras sostiene un libro y una bandera, como si de verdad nos creyéramos que lo que dice de verdad lo siente. Como si nos tuviésemos que creer que lo hace por nosotros. Y más allá, al fondo, como los Malditos Bastardos de Tarantino, ahí están los soldados. Destruyéndolo todo. Porque no hay nada más triste que matar a gente que ni siquiera conoces, gente a la que no has visto en tu vida, con la que nunca has tratado, sólo por unas convicciones que probablemente no hayan salido de tu loca cabecita. Porque puedo entender que sientas las ganas de matar a alguien que te ha hecho algo. No sé, ¿te roban la novia? Jodido. ¿Te han subido los intereses de la hipoteca? Arrasa con todo. Pero mata a gente inocente sólo porque te dicen que lo hagas. Porque son “una amenaza internacional”. Ahí. Ten esa sangre fría. Pues bien, este cuadro se hizo en 1926, señores. Cuando todavía no se había cortado todo el bacalao. Casi 90 años después todavía no hemos aprendido nada. Eso sí, los avances tecnológicos, los edificios altos, el cine en 3D, qué bonito es el s.XXI.

Lo veo en las ofertas de trabajo que piden que los jóvenes trabajen gratis. Los jóvenes. Joder, yo tengo que pedirle a mi sobrina de 6 años que me explique cómo guardo un contacto en el móvil y lo hace. Y no ha estudiado para ello, todavía no. Pero tiene un intelecto por encima de la norma. Por lo menos, por encima de mí. Sabe adaptarse a los cambios mucho mejor que nuestra generación. Y no es que sea precisamente vieja, ¿me entienden? Pensar en que su futuro podría ser trabajar 15 horas diarias con un día libre por semana para cobrar 800 euros al mes me parte el alma. Y es lo que está ocurriendo. Si es que un joven consigue tener trabajo, claro. ¿A qué llamamos trabajo? ¿A qué llamamos vivir?

Mírenme, estoy aquí, borracha. Tengo los pies fríos porque una vez más, me he pasado con el orujo. Me detengo a mirar cómo se miran las personas y siento vergüenza. Veo como día tras día podemos arreglar algo que nos rodea y sin embargo no lo hacemos. ¿Por qué? Probablemente porque pensemos que nadie nos va a ayudar a nosotros. Y así, dejamos que una mujer se muera de hambre en un portal. Que un hombre al que le falta la pierna haga la croqueta en medio de la acera para pedir limosna. Oímos los gemidos de un enfermo mental que ya no es capaz de vocalizar porque ya no puede pagarse los medicamentos y giramos la cara, algunos con asco. Nos cambiamos de sitio cuando se nos sienta al lado alguien que no nos gusta en el metro. Preferimos sentarnos al lado de alguien que está trasteando un iPad, iPod, iPac o cómo sean esas mierdas que mi sobrina domina tan bien. Entiéndanme, no es que no quiera progresar ni avanzar pero ¿de verdad a esto le llamamos avanzar? ¿A dejar a la gente de lado? Luego somos muy felices enviando un sms para apoyar no sé qué causa de no sé qué periodista de moda super implicado con el tercer mundo.

Y luego está el tema del tiempo. Parece mentira, pero es verdad. Nosotros tendremos todas las riquezas del mundo pero la sensación de que la vida se nos escapa, ¿eso quién nos lo devuelve? Terminar el día pensando que has hecho muchas cosas crea en nuestros cerebros una especie de feliz anestesia. Huxley lo llamaba soma en su Un mundo Feliz. Pero, ¿y qué pasa cuando nos echan del sistema? ¿Cuándo no tenemos ya nada que aportar? ¿Cuándo no encontramos trabajo y nos sentimos obligados a intentarlo día tras día y aguantar que nos digan que no? Entre ya te llamaremos no puedes evitar sonreír y decirte a ti mismo que no sufras, que erais muchos, que ya es mucho haberlo intentado. El sistema se está deteriorando porque ya no tiene soma para todos. Nos acostumbró a vivir en el idilio de mantener un trabajo que nos oprimía pero que nos hacía felices. Decidme cuántas personas habéis visto abandonar a sus familias por el trabajo. Abandonar a sus amigos por el trabajo. Abandonar sus propias vidas por el trabajo. Para que luego te echen a la calle, como están haciendo. Eres, ertes, eros, lo que quieras. Es como pegarle una patada a esa persona que te ayudó a salir de un coma, no sé si me explico.

Mar se termina de retocar los labios en el espejo del salón. Ya no recuerda la última vez que fue a una entrevista, pese a los muchos currículums que envía a diario. Mira las arrugas que salen de sus ojos y las bolsas fruto del estrés y piensa que igual podría ser demasiado tarde.

–       No, mejor no me presento. A la próxima.

Y sonríe, a desgana, como si de verdad tuviese una esperanza.

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