…is that your toilet face?

Londres huele a Tandoori. A champú en seco. A emotional homeless. A basura acumulada. En Londres se ríe, se echa de menos un hombre elefante que te devuelva la fe en la humanidad, a veces hay niñas cantando canciones de Miley Cirus en los buses sin miedo a que la gente las mire, otras veces hay niñas que te miran escondidas entre los brazos de sus padres, en otras simplemente hay gente a la que el mero hecho de tenerte al lado le genera un hastío inconmensurable. En Londres se ama desde lejos, cuando ya es tarde, en cuanto se cierran las puertas del metro. Se esquivan las miradas para luego encontrarse cuando ya no se teme nada, cuando sabes que no lo volverás a ver para después refugiarse en la soledad de unos 15 metros cuadrados mugrientos enmoquetados con irascibilidad pero también con tremenda supervivencia. Los últimos vestigios del sueño americano se quedan enganchados como una larga y sucia melena en una cremallera de una sudadera del Primark cuando las luces se apagan y no hay más que oscuridad y luces a lo lejos. No hace falta que el día sea gris para sentirte gris. Es el chorro de agua fría que te tiran en la academia de marines para despertarte a las 5 de la mañana. Es gélida y a la vez cálida cuando por fin te sientes comprendido. Que no es algo muy común. Es echar de menos al señor Treeves, emborracharse antes de que se ponga el sol y comer cosas que no se hacen con amor si no con la absoluta necesidad primaria de ser alimentado. Eat beautiful pero lo beautiful no siempre trae buenas consecuencias. Es como el crujir del pan de gambas en tu boca. Y la amistad no es más que haber encontrado la pose perfecta para un selfie y no llegar a hacerse la foto para comprobar que la otra persona está bien. Abrir a todos las puertas del armario donde se guardan las cosas del chocho sin que eso sea violento o incómodo. En Londres metes la mano por dentro de los pantalones de alguien por pura amistad, porque sabes que al final del camino se lo comen todo las chinches. Y los cincuentones engreídos hablan con las jovencitas y reparten tarjetas con su LinkedIn, y los ejecutivos te dicen que dónde vas tan sola y una señora china golpea el bus abarrotado que no ha abierto sus puertas para que ella entrara. El enaltecimiento del hurto como símbolo de superioridad cultural y el sometimiento de las generaciones extranjeras a la servidumbre. Infinitos escalones sin ascensor. Un M&S lleno de gente aciaga rellenando su hora libre de objetos que emulan tremendas insatisfacciones personales. Es un sitio perfecto para sentarse a observar. Un sitio en el que poder pensar en lo que nos hemos convertido. En lo que no quieres participar. En lo que cambiarías. En lo que esperas de los demás. Es un montón de bofetadas para salir del costumbrismo bucólico y paradisíaco. Rodeado de tabaco. De falta de tiempo. De cosas dejadas a medias. Y de infinita redención.

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