Ante el dolor de los demás

Hace un par de días leí Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag, del tirón. No fue algo premeditado, no decidí meterme un maratón de Sontag porque sí, simplemente al empezarlo no pude parar. Es otro de esos libros que no te dicen qué tienes que pensar si no que se limitan a encender y apagar focos en tu cabeza y tú decides cuales quieres mantener encendidos y qué conclusiones quieres sacar. Es un libro que recomiendo mucho porque pese a que fue escrito en 2003 (ahora parece que 11 años son una eternidad) sigue siendo muy actual y porque son pocos ya los libros que no te ordenan que sigas unas pautas (me refiero a la moda de la autoayuda sin límites) si no que se limitan a divagar. Incluso corrige otras ideas que ella misma había expuesto años antes. Me gusta que se replanteen cosas, creo que me gusta porque yo cada día pienso algo diferente. Nunca sé al 100% qué opinión tengo al respecto de la mayoría de aconteceres cotidianos.

Terremoto Haití.

En cuanto al libro, Susan analiza cómo reaccionamos frente al dolor expuesto en fotografías, especialmente las fotografías en conflictos bélicos, qué significa para nuestro imaginario colectivo la imagen e incluso se adentra sutilmente en el mundo del arte y en cómo se representa el dolor de una manera totalmente descarnada sin que eso incomode a nadie. También habla del “buen gusto” a la hora de fotografiar, “siempre es la imagen que eligió alguien; fotografiar es encuadrar, y encuadrar es excluir”. Habla de las cosas que no se pueden mostrar y que muchos de esos límites dependen de lo cercanos que sean esos hechos a nuestra realidad. Y concretamente este párrafo del libro no ha hecho más que darme vueltas en la cabeza y pensé en millones de fotos que no tienen por qué ser propiamente bélicas como las del terremoto de Haití (¿alguien se acuerda de Haití?) o más recientemente los inmigrantes en la valla de Melilla:

Cuanto más remoto o exótico el lugar, tanto más expuestos estamos a ver frontal y plenamente a los muertos y moribundos. Así, el África poscolonial está presente en la conciencia pública general del mundo rico —además de su música cachonda— sobre todo como una sucesión de inolvidables fotografías de víctimas de ojos grandes: desde las figuras hambrientas en los campos de Biafra a finales de los sesenta, hasta los supervivientes del genocidio de casi un millón de tutsis ruandeses en 1994 y, unos años después, los niños y adultos con las extremidades cercenadas durante el programa de terror masivo conducido por las RUF, las fuerzas rebeldes de Sierra Leona. (Las más recientes son las fotografías de familias enteras de aldeanos indigentes que mueren de sida). Estas escenas portan un “mensaje doble”. Muestran un sufrimiento injusto, que mueve a la indignación y que debería ser remediado. Y confirman que cosas como ésas ocurren en aquel lugar. La ubicuidad de aquellas fotografías, y de aquellos horrores, no puede sino dar pábulo a la creencia de que la tragedia es inevitable en las regiones ignorantes o atrasadas del mundo; es decir, pobres.”

Inmigrantes en la valla de Melilla el 3 de abril.

Con esto no estoy diciendo que la solución sea no mostrar lo que ocurre ni mucho menos es mi intención. Pero incluso la foto de los inmigrantes en Melilla aunque no sea en un campo de batalla (depende de como se mire) no deja de resultarme violenta. A mí se me remueve algo al verla. Sin embargo, al leer comentarios en las noticias publicadas online sobre el tema, no he leído mucho más que “primero dar dinero a los nuestros y si sobra ya les ayudamos”, “estoy harto de ayudar a gente que vive de nosotros mientras yo no puedo ni pagar el alquiler”, etc. El eterno nosotros vs. ellos que puedo hasta entender en algunos momentos pero eso no evita que no haga más que preguntarme: ¿que estemos mal justifica que otros también deban estar mal, incluso peor que nosotros? ¿nos hemos acostumbrado al dolor de los demás? ¿Qué pasaría si esos inmigrantes tuvieran una historia detrás que se pareciera a la nuestra? ¿Dejaría de ser inevitable su desesperación si pudiéramos conocer más sobre sus deseos, lo que piensan, lo que esperan de la vida? ¿Aceptamos la pobreza como algo que no se puede remediar? ¿La mejor solución que se nos ocurre es permanecer estoicos ante este tipo de situaciones para posteriormente mirar para otro lado? ¿Cuáles serían los comentarios si fuesen europeos, “de los nuestros”, los que están sobre una valla intentando cruzar un país? ¿En una catástrofe tipo el terremoto de Haití en “nuestra zona” las víctimas serían fotografiadas justo en ese momento, mostradas de la misma forma? Cada uno sabrá lo que piensa.

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