El becario del obituario

Jose (leído con acento en la o) tenía 21 años, estudiaba periodismo y llevaba 4 meses como becario en un prestigioso periódico nacional. Trabajando solo a media jornada le pagaban el transporte, así que no se podía quejar. Tenía el pelo moreno y rizado, longitud media tipo Lenny Kravitz pero rizos más abiertos, ojos grandes y verdes, cuerpo algo escuálido y un perro llamado Bob. Sus padres le querían, pero no podían seguir pagándole todo, así que un día, con todo el dolor de su alma, le dijeron que debía pedir un aumento de sueldo. O un sueldo. O trabajar por las mañanas en algún sitio. O dejar el trabajo. Jose no podía dejar pasar su gran oportunidad de trabajar en un medio tan relevante, sabía que tarde o temprano llegaría el momento en el que pasaría a ser redactor y por fin empezaría a cobrar un sueldo, aunque fuera poquito. Ansioso por el pesar de sus progenitores un día se armó de valor y se fue directo al despacho de su jefe. Se había tomado estratégicamente un café muy cargado justo antes del gran enfrentamiento para que dentro del despacho los retortijones le obligaran a hablar sin rodeos y a ser claro y conciso, decir lo que pensaba para luego salir corriendo a soltar toda su frustración por el retrete. Y qué decir que el mal trago mereció la pena. Su jefe, apreció tanta determinación por parte de Jose y le ascendió a becario del obituario. Se encargaría de poner al día todas las necrológicas de gente relevante. Llevaría al día las vidas de todos para que en el minuto exacto en el que alguno de ellos muriera todo estuviese listo para ser publicado. Y, (aquí está el chollo) por cada necrológica publicada, él ganaría 5 euros.
Emocionado con su nuevo ascenso y tras actualizar su perfil de LinkedIn, Jose corrió hacia su mesa y se puso a actualizar todas las fichas como si no hubiera mañana. Escribía como aguantando la respiración, como si estuviese a 10 metros de profundidad debajo del agua sin oxígeno y estuviese nadando hacia la superficie con todas sus fuerzas. Fue tan eficiente, que poner todo en orden (estamos hablando de todas las personas relevantes del mundo mundial) le costó sólo una semana. Bien. A partir de aquí, sólo había que esperar a que alguien se muriera para empezar a cobrar. Pero pasaban los días y nadie fallecía. Jose se limitaba a repasar las fichas para corregir posibles errores ortográficos y a ordenar los archivos por orden alfabético a mano. Sabía que había una opción que te los ordena solos en el ordenador, pero es que se aburría mucho. Los problemas surgieron cuando se acercaba fin de mes y todavía no había ganado ni un céntimo. Se exasperó al pensar en cómo les diría a sus padres que ese mes también iban a tener que enviarle dinero. No sabía qué hacer hasta que, viendo Mentes Criminales, de repente se le ocurrió una idea millonaria. Él se encargaría de que esas personas murieran. En extrañas circunstancias, claro. Además, era algo fácil, simplemente tendría que copiar y pegar “[Nombre] falleció el día [fecha] en extrañas circunstancias” en todas las fichas. Ni siquiera tendría que llamar para preguntar qué había pasado, corriendo el riesgo de anunciarle a un familiar la muerte de un pariente antes que su propia familia, al contrario que otros periodistas de otros medios él ya lo sabría todo. Jose lo tenía claro. Y empezó a matar. La primera de su lista era la duquesa de Alba, no por manía o desdén si no más bien por un problema de extensión, pues no quería que en el momento de la verdad tuviera que ponerse a recortar párrafos para encajar bien la noticia a la hora de maquetar. Lo mejor de todo es que se le daba tan bien matar a gente que incluso se replanteó dejar la carrera para dedicarse a matar a personas a sueldo. Era silencioso y nadie sospechaba de él, ¡hasta podía dormir por las noches! Estaba tan contento que ya le estaba dando vueltas a qué nombre ponerle a su startup. Cuando ya había acumulado la friolera de 500 euros, su jefe empezó a cuestionarse cómo ese becario podía estar teniendo tanta buena suerte. Su olfato periodístico lo alertó y, estirándose los tirantes morados que llevaba ese día, reunió a su séquito de becarios de investigación y les ordenó que investigaran a su compañero a cambio de nuevos medios para sus investigaciones. No lo dudaron ni un segundo y más intrépidos que Hemingway pillaron a Jose con las manos en la masa. Estaba precisamente enterrando el cuerpo de un conocido triunfito de la primera edición cuando los becarios de investigación lo acorralaron. Jose se los quitó de encima como haría la Pantoja, al grito de “soy persona, yo también necesito comer para vivir”. Pero ellos no cedieron y siguieron fotografiándole tan cerca que en una de estas Jose golpeó una de las cámaras y la rompió. Entonces, los becarios de investigación se enfurecieron, de tal modo que ya no eran becarios si no hienas. Y todo acabó como cuando las hienas se tiran encima de Skar en el rey león con la mala suerte de que se dio con la cabeza en un bordillo y yo sólo puedo pensar en su perro Bob que va a acabar en la perrera pobrecito, en sus padres, que lo querían mucho pero no podían seguir pagándoselo todo y en el deseado minuto de gloria del pobre Jose, que consiguió ser portada del periódico que lo mató.

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