All you need is ETT

Tu, tu che sei diverso,
almeno tu nell’universo non cambierai,
dimmi che per sempre sarai sincero,
e che mi amerai davvero
di più, di più, di più.

Y parece mentira que la canción de Mia Martini haya sonado esta semana en mi cabeza 24/7 pero es que los designios de las menstruaciones perfectas son infinitos. Y pienso en el amor al trabajo, el trabajo que da el amor y también pienso en Jesucristo pero lo último es otra historia que no viene a cuento. El otro día me encontraba debatiendo (virtualmente, cómo no, si yo no tengo amigos) sobre las historias de amor que giran en torno al mercado laboral. Empiezas un currito temporal, tres meses, piensas que es dinero fácil y que es algo que no va a implicarte emocionalmente cuando te presentan a tus compañeros y PUM conoces al amor de tu vida (al nuevo “amor de tu vida”, claro). Y así estáis, que no podéis ser más volátiles, trabajando juntos, felices pero no porque seáis happyshifters si no porque con este acontecimiento ya ha merecido la pena trabajar en este sitio indeseable y todo lo demás os da igual, incluso a pesar del hecho de que a uno de los dos se le acabe el contrato en un mes y va a tener que empezar a buscar otro currito con el que poder conseguir el dinero suficiente para seguir invitándote de vez en cuando a un helado. Al menos todavía vivís en la misma ciudad. Todavía hay esperanza. Pero las cosas se complican, encontrar trabajo es complicado y empiezan las primeras discusiones, los primeros “es que yo te he invitado ya dos veces al cine joder, vamos a pedirle a alguien una puta invitación de series.ly que estamos hechos unos snobs con tanto día del espectador”.  Y se empieza renunciando al cine (sitio de recién enamorados por excelencia) y se acaba renunciando a comer carne una vez a la semana. Y las cosas te van fatal pero acabáis de empezar y tienes dignidad y no vas a dejar que pese a que te quedas todos los días en su casa piense que eres un mantenido, así que aprovechas los baños públicos para hacer las cosas que requieren más papel higiénico del normal y cierras el grifo mientras te estás enjabonando en la ducha. Ahorrador nivel alumbro el libro que estoy leyendo con la luz del móvil para no gastar electricidad porque luego recargo el móvil en La Sureña, mientras la invito a cenar. Pero las relaciones al igual que las paciencias no son infinitas y llega un momento en el que uno necesita recuperar el amor propio y por lo tanto la mejor opción es moverse a otra ciudad para buscar nuevas oportunidades, nuevas experiencias, [inserte una palabra que defina su desorientación existencial aquí]. Y es que la idea de que el amor por uno mismo  radica en la clase de vida laboral que uno tiene es la clave para entender estos nuevos tiempos, porque “ser alguien” ya no es algo inherente a la condición humana ni es algo que dependa de la personalidad de uno mismo: eres lo que produces, a ver si te enteras hippie de mierda. Y estaba pensando que qué pena. Que qué pobres los que sí hayan encontrado el amor de verdad (el de querer despertarse todos los días al lado del otro y mirarle de reojo cuando se va a meter en la ducha aunque no pueda haber nada ya que te sorprenda) y se tienen que separar porque su trabajo los quiere bien “independientes” y “libres”, pobres porque van a estar condenados a un incesante ir y venir de aviones de Ryanair y coge el autobús porque esto está en el culo del mundo muy lejos y total son dos días pero es que mis próximas vacaciones son dentro de NUNCA. Y ahora entiendo por qué algunos de mis amigos dicen que van a estar siempre solteros. Y entiendo el maléfico plan de las empresas que cual Antonio Banderas en sus mejores tiempos insisten en seducirte con palabrería positivista para que te enamores de tu trabajo, para que sientas pasión por él (con el consecuente miedo a perderlo como en las relaciones de pareja) y que así estés siempre conectado, motivado a tope, siempre alerta, siempre recibiendo los e-mails en el móvil y contestando a cualquier hora del día aunque estés de día libre, porque ésa es la única manera de engancharnos hasta tal punto de decidir por nosotros mismos que lo otro puede esperar, que no tenemos tiempo.

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