Ensoñaciones

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Qué harías si pudieses borrar toda prueba de tu existencia. Qué harías si pudieses cambiar de identidad. Si pudieses inventarte una nueva vida. Si pudieses empezar de cero. Esta es la idea que no deja de dar vueltas en mi cabeza y que ha incrementado mi ansiedad ya crónica. Asma con solo pensarlo. Crisis nerviosas con risas psicofónicas de niños huérfanos muertos hace mil años recorren cada uno de los huecos y recovecos que constituyen un ser indivisible y multitask -todos somos multitask porque todos estamos haciendo una cosa mientras pensamos en otra, y eso, es hacer varias cosas a la vez- que soy yo. La libertad da miedo. Y sin embargo, no quiero otra cosa. Recuerdo una frase que decía que podrán obligarte a lo que sea pero jamás podrán obligarte a pensar como ellos. Pensar que nadie interfiere en tu pensamiento a veces me resulta ingenuo. ¿Qué puedo pensar si todos los estímulos de mi entorno me empujan hacia esa deriva? ¿Hay escapatoria? ¿Qué haces cuando ves un fantasma? ¿Corres a contarlo? Jamás te creerían. Y sin embargo, aquí estamos. Fingiendo que somos libres. Que aún podemos hacerlo. Qué harías si pudieses borrar toda prueba de tu existencia. Yo ya lo tengo claro. Crearía un personaje ejemplar. No hablaría demasiado con nadie. No dejaría huellas. No habría ningún resultado de mi nombre en el buscador de google. Jamás escribiría algo personal en algo que no sea papel. Me desprendería de todos mis aparatos electrónicos. Viviría en los maravillosos años 90 tecnológicamente hablando. No tendría ninguna propiedad. No destacaría en el trabajo. De vez en cuando saldría, para dejarme ver, para no levantar sospechas. Compraría su comida en sus supermercados para luego hacer una hoguera con ella e invocar a los dioses que más me interese que existan. No tendría descendencia. Sería una perfecta sumisa a ojos del que puede influir en mi bienestar. Lo haría por el tiempo suficiente para que la situación me llevase al punto de no retorno, al momento de acabar con todo. Entonces, con todo lo creado en la más absoluta intimidad, con todo lo pensado y repensado, haría un club del confeti. Un club de desgraciados. De gente que no ha podido volver a empezar de cero, como yo, pero que no desearían otra cosa más en el mundo que poder hacerlo. Nos uniríamos porque ya no tendríamos nada que perder. Montaríamos un grupo terrorista pero dirigido a un target muy concreto: los que no son nosotros. Les someteríamos. Les obligaríamos a trabajar a cambio de algo tan básico como comer. A labrarse una agenda de contactos entre ellos, sabiendo que jamás van a salir de ahí, solo para divertirnos, para ver cómo se humillan. Les daríamos lo justo para que pensaran que están fatal pero que podrían estar mucho peor. Los convertiríamos en los peones funambulistas que hemos sido todas nuestras vidas. Y cuando tuviésemos la sartén por el mango, solo en ese momento, podríamos sí, de verdad, empezar de cero. Sin ataduras. Creando nuestro propio espacio. Que no sería dirigido por nadie. O puede que me haya vuelto a pasar con todo.

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