Urge casita en el árbol

No me creo que esté otra vez aquí. Habiéndome prometido que no volvería. Jamás. Así. Estos días no me han dolido las lágrimas de Monedero porque nunca me importó lo que le pudiera doler a los que tienen muchos ceros en la cuenta corriente y pueden solucionar las cosas a ritmo de bachata y zumba gran hermano edition. En este corazón mío que es un PP a pequeña escala no hay sitio para la compasión pero sí para la traición creativa y para nada intencionada -la mayoría de las veces-, la constante contradicción y los billetes de 1 dólar en tangas ajenos. Porque quien diga que tiene el corazón puro, miente. Puedes intentar ser el mejor pero en este mundo binario jamás vas a tener siempre el comodín del 50% de tu parte. No vas a ganar todas las veces. A no ser que seas la banca, claro. ¿Y qué puedo hacer si no sé cantar como los concursantes de La Voz ni he leído lo suficiente como para ir a Saber y Ganar ni tampoco me veo currándomelo mucho para luego equivocarme en una letra del rosco de Pasapalabra y no poder perdonarme nunca en la vida ese día en el que también la cagué? (Si llegados a este punto has sugerido que quizá podría trabajar, por favor, lee los posts del 2014 hasta ayer).

Como ya es demasiado tarde para encajar ni tampoco puedo organizar una masacre que haga que salga en todos los telediarios internacionales porque mis búsquedas recientes de google suelen ser totalmente carentes de emoción -cómo conservar las semillas de canónigos, echar cartas online, flores de calabaza, coprofagia canina soluciones, mitele.es, euromillón- se me ha ocurrido construir una casa en el árbol a partir de regalos de revistas femeninas como cuando era pequeña y quería tamagochis, animales y tatuajes de quita y pon. Con suelo de chanclas veraniegas, las de esparto abajo y las de plastiquete en el techo a modo de aislante para los días de lluvia, los esmaltes de uñas -especialmente apreciados los que llevan purpurina- serían el cemento que une las chanclas de lunares de felicidad espacial con las más doradas de mamá del Opus Dei. Los bolsos serían atados todos a forma de trenza para subir y bajar los víveres -estás tú que una vez subida arriba voy a bajar de ahí- que me traerían los amables y fantásticos seres queridos que aún creen que estar a mi lado es contribuir a la paz mundial. Con lápices y sombras de ojos decoraría mi habitáculo con cuadros surrealistas sobre cómo me gustaría que resucitara Kurt Cobain y que me viniera a dar un besito de buenas noches oliendo a teen spirit y perro mojado. Las carteritas de madre primeriza que quiere seguir aparentando ser una mujer joven y llena de ganas de sexo desenfrenado guardarían todas esas lágrimas que no quiero que caigan al suelo por evitar cualquier contacto con la madre tierra. Jamás volvería a llevar bragas y solo utilizaría esos cutrebikinis veraniegos tan típicos del mes de junio. Los trikinis para el domingo, mientras hago gimnasia con los últimos tips de “Cómo conseguir un culo 10 para este verano”. Llevaría TODAS las pulseras posibles y no me las quitaría nunca, por si acaso algún día quisiese acabar con mi vida y necesitase unirlas para yatusabeh aunque dudo que lo hiciera, ¡si esta casita me está quedando de puta madre! Y si pasara un poco de frío, no tendría más que envolverme cual bocata de chorizo con toneladas de pañuelos decorados con florecitas típicos de los meses de ni frío ni calor tipo octubre y con la ayuda de algún que otro regalillo de la Sexologies para los días especialmente deprimentes lo tendría más que solucionado. ¿Es viable mi deseo de huir de la civilización reciclando los desechos de una sociedad que no se sustenta por ninguna parte? No lo sé, pero lo podemos intentar.

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