Odio las vacaciones

Como no podía ser de otra manera mis generadores de odio están a pleno rendimiento aunque no escriba porque no tengo tiempo/porque me paso todo el rato delante de un ordenador en el trabajo y paso de hacer lo mismo en casa/porque tengo cosas muy importantes que hacer como DORMIR. Sobre esto último me gustaría apuntar que estoy muy a tope con Esperanza Gracia y lo ILUMINADA cuando tuitea así -porque ella es una indie amísima y lo sabes-.

Si la Veronica de Andrés Calamaro -me sueno súper pedante- dice que la vida es una cárcel con las puertas abiertas, yo diría que genial si le añadiera una sola palabra a esta frase y ésa es laboral. Sí. La vida laboral es una cárcel con las puertas abiertas -es decir, sales de una cárcel y te metes en otra- como venimos diciendo de todas las maneras posibles desde el 2011 porque antes aún creíamos que con dos reformas se arreglaba todo y más o menos se podría ir tirando. Pues no. Cada vez más convencida de que solo habrá una cosa que hará que todo lo demás se solucione en cadena y eso es abolir el trabajo. BIEN. Ahora que hemos llegado a la conclusión, voy a desarrollar lo de las vacaciones. Las vacaciones como concepto no son más que un oasis, un espejismo, una palmadita en el hombro que te hace sentir por unos días el patrón que anhelas ser, el emprendedor exitoso que desde el zulo de su cuarto de baño acaba creando una veintena de cadenas de hoteles en todos los países subdesarrollados, el broker al que su madre arropa por las mañanas en el sofá porque ha estado toda la noche “de operaciones”, el Ferran Adrià del chiringuito más roñoso de Formentera y un largo etcétera. Para alguien que tiene la desgraciada fortuna de vivir en un sitio turístico, el proceso de asimilación de su situación real y de entender en qué lugar está de la cadena alimenticia -ayer vi El Rey León y lo que quieren es que seamos como Zazú- es algo lento, violento y despiadado. Sobre todo si eres estudiante y estás a tope en la honda de LOS PREPARAOS empiezas a empalmar trabajos precarios de verano como algo temporal, como un parche, como algo que bueno, que haces pero que tienes clarísimo que no es tu futuro hasta que pasan los años y ves que…oh, vaya, necesito dinero para vivir y solo me lo da esta mierda (pero no te engañes, es un chantaje más, trabajar de lo tuyo va a ser la misma mierda y encima lo vas a tener que AMAR porque si no no encajas en esta nueva era)

Para no hacerlo eterno, odio las vacaciones por estos dos grandes motivos:

  1. LOS PERSONAJES

Después de 10 largos veranos trabajando para las vacaciones de los demás puedo decir sin vergüenza que tengo catalogados a todos los tipos de clientes personajes en función de origen geográfico, edad y si tiene pito o no. En un principio, la actitud de chasqueo de dedos/estruendoso silbido/”oye” paleolítico en vez de “perdone”, se la atribuía la mayoría de las veces a personas que en sus vidas laborales eran jefes (casi su totalidad con pito), que tenían personas a su cargo, que viajaban con una pobre mujer filipina que le cuidaba a los niños que a su vez un día heredarían su fortuna y quién sabe, se dispararían entre ellos para tener el mejor trozo del pastel porque el darwinismo social es lo que tiene, y probablemente venían de Madriz o de Barcelona. Luego, estaban “los normales”: esa gente que yo consideraba iguales, con sus trabajos, con su única semana de vacaciones y dos hijos de los que no sabían que fuesen tan porculeros hasta que se encontraban más de 24h con ellos y con claras ansias al final de las vacaciones por “volver a la rutina”, “seguir con los hábitos”, “volver al control”. (¿Lo ves? estás tan metido hasta las cejas que una bocanada de libertad te da un agobio impresionante)
Tanto en el primero como en el segundo caso, si me trataban mal, si volcaban su sentimiento de superioridad los primeros o sus frustraciones los segundos, en cualquiera de los puestos de trabajo que he tenido hasta ahora siempre ha habido alguien que me ha dicho esta frase: aguanta y no te quejes, ellos son los que te dan de comer.

Sí, ésta era mi reacción cuando me oía decir esto.

De todos modos, he de decir que a medida que se ha ido implantando la “moda emprendedora” , el”sé tu propia jefa aunque tengas que cargar con una maleta llena de dildos del tamaño de un bate e ir a amenizar las veladas de chicas con vidas mejores que la tuya y siéntete sexóloga”, he notado cierto viraje en los personajes a los que consideraba “de mi bando” (podemos llamarles Amancio Wannabes) y es que de pronto, con cuatro míseros euros restantes en la cartera, se sentían con el mismo derecho de humillarme, de sentirse superiores, que los millonetis. Aquí entra un chantaje tope chungo porque si en un principio, mis superiores, me decían que me callara, en este caso, con “los muertos de hambre” se es indiferente y cruel. Mientras que un milloneti se queja por un cargo adicional y el superior de turno considera que eso no se le debe cobrar y se inventa cualquier excusa, al muerto de hambre siempre se le va a cobrar porque “quién se ha creído que es”. Es ahí cuando el Amancio wannabe se indigna de verdad, se siente vilipendiado porque probablemente el resto del año él es la mierda que soy yo sentada en ese momento y no le cabe en la cabeza que no pueda tener control sobre mí. Las frases más abundantes son “yo he pagado, tú trabajas para mí, este es un servicio de mierda”. El mundo de los servicios. Ains. Ese es otro post.

Luego están los que vienen a salvarte. Los que tienen pasta, están de vacaciones y te cortejan a lo Pretty Woman porque eres una pobrecita que está trabajando y quieren invitarte a cenar. ¿Una mariscada, morena? Desde aquí quiero mandarle un abrazo a ese colgado que me escribió una carta diciéndome que le parecía muy guapa y que era primo de Dani Martín (oh dios mío, quién sabe, quizá si me hubiese ido con él ahora estaría veraneando en Punta Cana)

Un mensaje para ellos:

2. EL AMBIENTE LABORAL

Algo que me chocó muchísimo desde mi primerito día de trabajo fue cómo se distribuían los trabajos en función de sexo y color. Mi primera experiencia fue en un hotel. El personal de limpieza eran todas mujeres, todas extranjeras y todas de color. Los camareros eran todos hombres y en su mayoría extranjeros así como ayudantes de cocina y friegaplatos. El chef europeo y hombre. Los jefes eran todos españoles y eran todos hombres. Las recepcionistas eran todas mujeres y europeas y el responsable de recepción un hombre. Y lo que más loco me parecía: los que iban vestidos bien (recepcionistas y jefecillos) ni comían con el resto de empleados ni les saludaban. Dos mundos paralelos. En un mismo lugar. 16 años. Lo estaba flipando muy fuerte -hay que decir que nunca he tenido ni puta idea de nada y por supuesto que no me esperaba algo así-. Pues bien, este patrón se ha repetido más o menos igual en todos los trabajos que he tenido después y todavía no he visto a ningún hombre que no sea conductor de alguna maquinaria de limpieza o encargado en ese sector. Lo vuelvo a repetir, quieren que seamos Zazú de El Rey León… pero en realidad somos los gusanos que se comen Timón y Pumba. Toda esta configuración tan horrible, tan clara y evidente y tan normalizada es otro de los motivos que hacen que me levante todas las mañanas así cuando tengo que ir a trabajar. Y eso que no voy a ponerme a hablar de las condiciones de trabajo porque ya se me hace extensísimo y porque Domingos en Chandal (habría que bautizarla como la Biblia del precariado) ya lo hace estupendamente en todos sus posts COMO POR EJEMPLO ÉSTE.

Para ir acabando éstos son algunos de los motivos por los que creo que las vacaciones son un cáncer más, porque se venden como un favor y como algo merecido, porque son la zanahoria que te mantiene en carrera, porque todo es como sé un esclavo todo el año y te permitimos jugar a comportarte como la mierda selecta que somos nosotros un infame durante unas pocas semanas, eso sí, con mucho menos cash y sin un yate esperándote en Mallorca. Y lo peor no es eso, si no que para que tú juegues a ser El Lobo de Wall Street hay toda una legión de gente asqueada, mal pagada, con unos turnos horribles, haciendo horas extras, solo para que tú te tomes tu gin tonic lleno de condimentos.

Moraleja: no te vayas de vacaciones y si te vas no seas un gilipollas.

Anuncios

2 comentarios en “Odio las vacaciones

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s