Hasta nunqui agosto

En un andén de la estación
bajo un sol abrasador
tú hablabas de un rascacielos del cielo de Nueva York
“Vente pronto a ver el mar
y te envío una postal”
Yo ya sabía que ese día era el final…

Sí, Fran Perea, yo también sabía que ese día era el final, ¿por qué? porque una vez se van de vacaciones, ya no vuelven a ser los mismos. O mejor aún… ¿es cuando realmente se quitan la careta? Te explico.
Mañana van a volver a sus puestos de trabajo UN PORRÓN (periodismo de datos) de personas. Con -espero- amargura y depresión. Agachando la cabeza al ritmo de “sí, amo” como lo que llevan haciendo desde el último año. Y rezando por hacerlo muchos más. Estos especímenes, sin embargo, poseen una peculiaridad. Al llevar todo el año cumpliendo con los designios de su Zeus laboral, aunque éste le hiciese una lluvia dorada a su hija les humille o incluso les condenara a toda una vida inmortal encadenados en el Cáucaso y les enviara una águila a que les comiera su hígado día tras día o simplemente no les trate con todo el respeto que es debido, nunca, repito nunca, alzarán la voz. ¿Por qué? Porque nunca sabes cuando vas a necesitar un favor. Ni mucho menos cuando te van a despedir y si así fuera, mejor quedar bien porque nunca se sabe lo que puede pasar y oye, quizá se acuerden de ti cuando vuelvan a contratar gente. Sí. No, Fran Perea, no me pongas cara de asustado así como si vieras a Fiti recitando versos en latín, lo que te digo es en serio. La gente está muy loca. Y no les culpo. Yo he sido la primera que ha agachado la cabeza por evitar conflictos y todavía estoy pagando las consecuencias de haber tragado más mierda caquita de la que mi cuerpo me permite.

Pero hay una cosa que distingue a estos seres. Unos son turistas, y otros no. Pero la gran mayoría pertenecen al primer grupo. ¿Que qué son los turistas? Son esa clase de gente que cuando va de vacaciones se ha creído muy fuerte lo que les viene repitiendo su jefe de “yo pago yo mando y tú te callas” y entonces empiezan a humillar a la gente en cualquier sitio que van. “Y esta camarera, tan apurada que está, que me la pela, porque en mi curro yo también voy apurado y nadie me echa una mano, se va a enterar, porque le he pedido una coca cola y todavía no me la ha traído, la muy vaga”. Actitudes así se encuentran en todos los sitios, que cuando yo escucho por la tele que hay que seguir promocionando el turismo, me entran los mil males, quiero vomitar, quiero dejar de existir. Y no te digo ya cuando hablan del turismo de calidad. ¿Calidad para quién? Seguro que no lo será para ese chico que les entrega el coche de alquiler y se disculpa porque el que habían encargado ya no está disponible y les da otro de menor gama -de esos que salen peor en las fotos de instagram- y entonces bueno, cuánta falta de profesionalidad, cuánta vergüenza. Tampoco lo será para esa limpiadora de hotel que se pasa el día recogiendo sus cosas y pasando la escobilla por el wc porque ellos están de vacaciones y eso de estirar el brazo como que cuesta. Tampoco la au pair que joder, tiene una casa en un pueblo preciosa y estaría de lujo de vinitos con sus colegas de toda la vida pero sin embargo no le ha quedado más remedio que irse con ellos de vacaciones, a cuidar de sus hijos, que aunque no tengan la excusa de que trabajan y no pueden atenderles, no se les cae la cara de vergüenza ni se preocupan en decirles que no cuando quieren algo que es imposible y sobre todo que molesta a los demás seres vivos que pululan a su alrededor. Ni qué decir del cocinero de ese chiringuito que tiene que oírse decir que esto estaba “demasiado hecho”, que esto lo querían “más picante”, que esto está “demasiado salado”, que esto no está “lo suficientemente bueno para lo que han pagado”. Ni por supuesto lo será para aquellos trabajadores de la aerolínea en la que viajen estos turistas, que si su vuelo está retrasado tendrán que sortear las balas verbales con paciencia, con equilibrio, con descontrol, con toda la fe en que el karma les devolverá lo aguantado porque “exijo una hoja de reclamación ahora mismo”, “quiero que mi avión salga ya” y demás frases no pueden quedar en el aire. Escriban, escriban. Y que no se olviden de dar su nombre, porque el nombre es fundamental, porque ahora todos quieren señalar con el dedo, dejar bien claro que, cualquiera de estos personajes anteriores -y los géneros no están escogidos al azar- va a recordar toda su vida tal hazaña, tal falta de eficacia, tal poca profesionalidad, así como se lo recuerdan sus jefes todos los días. Pero llegarán los de siempre. Los que quieren “crear más empleo”, los que quieren que todo el mundo trabaje a decir que bueno, que #NotAllTourists, que se puede hacer de otra forma, que vale que la gente deja el paisaje muy sucio con su basura en las playas pero que bueno, que son tres meses, que luego se pasa y se limpia todo. Pero ya está. A mí el dinero ya hace mucho que dejó de compensarme. Fran Perea, que tu churri no te envíe una postal, porque eso significa que habrá ido a la típica tienda de souvenirs en la que la gente echa mil horas para vender cuatro imanes para la nevera mientras piensa en la de cosas más importantes que tiene que hacer que estar ahí, seguramente a última hora, mientras dará el paseo de noche, después de cenar, en un sitio en el que por favor que no tarden. Y después de comprarte la postal, seguro que habrá ido a tomarse algo, por supuesto un cóctel, como mínimo un mojito, porque las cervezas en facebook no dan tantos likes como las bebidas con trozos de plantas dentro, y se habrá levantado tres veces a pedir su mojito porque jolín, se ha sentado hace rato, y hay qué ver, cómo tardan. Y todo eso esperando que no haya tirado alguna que otra copa a partir de su quinto mojito por el suelo, por supuestísimo que sin querer, tan sin querer que ni hace falta que se disculpe, y ojalá nadie se haya cortado con los cristales de su felicidad vacacional.

EN FIN, lo que quiero decir, Fran Perea, es que pases de la gente que se va de vacaciones, de vacaciones así, de las de manual, de las de AGOSTO, que esta gente no te traerá nada bueno, ni estabilidad -quizá económica por un tiempo pero nunca emocional- ni felicidad ni mucho menos empatía. Y a este mundo no hemos venido a aguantarle los humos a nadie. Por lo menos, yo paso. Hasta nunqui.

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